Coqueta hasta la muerte (fragmento).
No tenían tiempo.
Él la esperaba en la cama como habían acordado, para morir allí desnudos. Aunque esa cursilería era insostenible: Ahora la muerte no le parecía romántica y hasta en estas circunstancias, se dio cuenta de la tozudez de Tiara. Desde el baño de abajo llegaba el sonido agudo y penetrante del secador de pelo; parecía la turbina de un avión caza que subía por el hueco de la escalera. Pero no había aviones en el cielo, era sólo su mujer terminando de arreglarse para morir.
En todo el vecindario se escuchaban gritos, bocinazos, llantos, como si una guadaña invisible hiciera daño antes de tiempo. Ni en sus más oscuras especulaciones pudo imaginar lo que pasaría. Martín descompuesto de miedo, se volteó sobre el borde de la cama otra vez con náuseas. No vomitó. Apenas eructó el aire que le quedaba en el estómago con arcadas profundas y sin una gota de saliva en la boca. La náusea cedió. Gritos cercanos lo hicieron levantar y mirar por los huecos de la persiana. Al costado izquierdo, vio a sus vecinos en el fondo de la casa. La mujer lloraba sujetando a los niños, uno en cada brazo. El hombre les disparó a los tres en la cabeza, primero a los chicos y luego a la mujer. Martín apretó los dientes. El vecino se metió la pistola en la boca, pero la soltó de inmediato y corrió hacia la calle.
—Gordo hijo de puta —murmuró ladeando la vista.
Él la esperaba en la cama como habían acordado, para morir allí desnudos. Aunque esa cursilería era insostenible: Ahora la muerte no le parecía romántica y hasta en estas circunstancias, se dio cuenta de la tozudez de Tiara. Desde el baño de abajo llegaba el sonido agudo y penetrante del secador de pelo; parecía la turbina de un avión caza que subía por el hueco de la escalera. Pero no había aviones en el cielo, era sólo su mujer terminando de arreglarse para morir.
En todo el vecindario se escuchaban gritos, bocinazos, llantos, como si una guadaña invisible hiciera daño antes de tiempo. Ni en sus más oscuras especulaciones pudo imaginar lo que pasaría. Martín descompuesto de miedo, se volteó sobre el borde de la cama otra vez con náuseas. No vomitó. Apenas eructó el aire que le quedaba en el estómago con arcadas profundas y sin una gota de saliva en la boca. La náusea cedió. Gritos cercanos lo hicieron levantar y mirar por los huecos de la persiana. Al costado izquierdo, vio a sus vecinos en el fondo de la casa. La mujer lloraba sujetando a los niños, uno en cada brazo. El hombre les disparó a los tres en la cabeza, primero a los chicos y luego a la mujer. Martín apretó los dientes. El vecino se metió la pistola en la boca, pero la soltó de inmediato y corrió hacia la calle.
—Gordo hijo de puta —murmuró ladeando la vista.

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